La experiencia con mi familia extendida no fue muy diferente, crecí escuchando a mi abuelita hablar de cómo el Hermano José Gregorio una noche le hizo una operación que en su momento mejoró su salud y la importancia de hacer un rosario en mayo para que la Virgen de Fátima nos proteja.
Estudié en colegios católicos, que aunque no tenían normas estrictas frente a la religión, sí nos enseñaban muchísimo sobre todo aquello que hace a un ‘buen católico’: rezábamos para tener salud y buenas notas en las clases.
Tengo en la mente el recuerdo en particular del 6 de junio de 2006, el famoso 666, que predecía cosas terribles y un posible fin del mundo. Mis compañeros y yo teníamos miedo genuino. ¿Qué pasaba si realmente se acababa el mundo? ¿Iba a venir Dios o Jesús? ¿Las figuras sangrientas en las iglesias iban a cobrar vida y a regañarnos por no hacer caso? Al final nada de eso pasó, pero ese miedo que sentí ese día no se me olvida...
Desde ahí comencé a tener una relación basada en el miedo con la religión católica. En las noches muy oscuras, antes de que el avión despegue o en cualquier situación que me parezca potencialmente peligrosa ahí estoy yo: con el padre nuestro en la boca y pidiendo que todo salga bien.
A veces hacer oraciones funciona. No sé si sea un efecto placebo o si en realidad Dios está respondiendo a mis demandas, pero la mayoría del tiempo cuando rezo me siento mejor, más tranquila y las cosas empiezan a funcionar un poquito mejor. A diferencia de mis papás yo no le rezo a los santos, simplemente lo hago para ese Dios que sé que existe pero al que no le pongo cara, nombre, religión o forma concreta.
Me bautizaron aún estando en el hospital a los ocho días de nacida, tuve muchas complicaciones y básicamente estoy aquí contando el cuento de milagro (pero esa es otra historia). Esa etapa mía de la niñez temprana fue clave para definir mi relación y la de mi familia con la religión católica, la fe se convirtió en algo muy importante en nuestras vidas.
“El que peca y reza, empata”, esa es la frase que bajo mi perspectiva resume de la mejor manera el catolicismo y no la voy a criticar simplemente porque yo estoy en ese colchón cómodo que me permite ‘hacer cosas malas’ para solucionarlas con un par de idas a misa al año.
“El que peca y reza, empata”, esa es la frase que bajo mi perspectiva resume de la mejor manera el catolicismo y no la voy a criticar simplemente porque yo estoy en ese colchón cómodo que me permite ‘hacer cosas malas’ para solucionarlas con un par de idas a misa al año.
En mi vida he conocido a muy pocas personas que realmente se sienten identificadas con la religión que sus padres (de manera un poco abusiva, por cierto) eligieron para ellos en la niñez. Esa es una de las cosas que no me gustan tanto de las religiones, normalmente cuando a uno lo crian nunca le muestran el gran abanico de formas de vivir la espiritualidad y solo le muestran una cara de la moneda.
En ese sentido, también debo admitir que mi relación con la religión católica ha sido complicada. Nunca me he guiado realmente por lo que dice la biblia, pero sé que hay cosas bastante horribles como condenar a las personas por su identidad u orientación sexual. Tampoco puedo con la idea de que la iglesia quiera ocupar un lugar relevante en la política del país e incluso en temas tan personales como la decisión de tener o no un bebé.
Aún no tengo una respuesta a la pregunta que planteo como título de este texto pero en este momento de mi vida tengo la necesidad de explorar la espiritualidad y conocer otras formas de vivirla. Espero que este sea la primera publicación de muchas...


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